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El equipo de Comas se somete a un innovador test muscular
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Cajasol
Un Cajasol muy cambiado respecto al de la pasada temporada inicia el ejercicio 2007/2008 con el casi obligado objetivo de abandonar la mediocridad que lo lastró en los últimos años. |
Juan Morilla.
Otro tiempo, otro color. El negro. Todo, o casi todo, es nuevo en el nuevo Caja: patrocinador, director general, entrenador y plantilla. Todo sea por reconducir la trayectoria de un equipo que en los últimos años marchó, y a veces deambuló, sin un rumbo fijo.
Mientras los hechos no inciten a lo contrario, hay que creer en este proyecto, que a priori ilusiona tanto como pudieron hacerlo otros anteriores y que no tiene ante sí más objetivo que devolver al equipo a la élite del baloncesto nacional. A las entidades deportivas hay que exigirle resultados acordes a sus posibilidades, y este Cajasol arrastra en este sentido una deuda histórica de siete años sin clasificarse para los play off por el título, que, por presupuesto, debe ser su final en cada temporada. Volver a acabar el duodécimo sería desesperante.
Para poner fin a tan decepcionante pasado inmediato, el Caja ha confiado sus opciones en Rubén Magnano, un entrenador encumbrado a lo más alto en Argentina desde que dirigiera a una generación casi irrepetible de jugadores hacia la plata en el Mundial de Indianápolis 2002 y el oro olímpico en Atenas 2004. Debuta en la ACB después de completar un buen trabajo durante dos años y medio en el Varese, un equipo de segunda fila en la Lega italiana, y lo hace con un discurso fundamentado en los siempre bien sonantes conceptos de sacrificio, colectivo, compromiso y defensa.
El tiempo, con su balance de victorias y derrotas, será el que juzgue su desafío –como él quiere llamar a esta experiencia– en Sevilla, si bien es cierto que el nuevo director general, Oriol Humet, desde su arribo en Sevilla se refirió más a un proyecto a medio que a corto plazo. Si hay una figura especialmente importante en un equipo, ésa es la del entrenador, aunque éste no salte al parquet para anotar ni defender ni rebotear. Dicha misión corresponde a la plantilla, que es la que gana y pierde los partidos, y que para la ocasión ha sido formada por once integrantes, de los cuales sólo tres –Bustamante, Ignerski y Bueno– se mantienen del equipo de la temporada pasada. Poco se sabe aún del funcionamiento del nuevo Cajasol, ya que se ha dejado ver más bien poco en una pretemporada en la que quizá transmitió mejores sensaciones que resultados consiguió –registró cuatro victorias y seis derrotas–.
Al margen del de Magnano, el fichaje estrella, ése que termina convenciendo a más de un aficionado para sacarse finalmente el abono, es Michalis Kakiouzis, que es griego y no americano, como era costumbre. Con un notable palmarés, y tras dos campañas en el Barcelona, donde fue uno más en una plantilla repleta de buenos jugadores, el ala-pívot heleno afronta el comienzo de la fase final de su carrera con el reto de encabezar a un bloque que necesitará de su liderazgo e inteligencia dentro y fuera de la pista.
Pero ni éste ni ningún otro equipo puede depender de un solo jugador. El base, que es quien hace jugar al equipo, será el americano Aaron Miles, que recala en San Pablo con la vitola de ser realmente un director de juego y no un anotador. Bustamante, el único jugador de la casa, ha de ganarse la confianza en los minutos que Miles esté sentado.
Los puntos, en su mayoría, deben llegar a través de otros exteriores, como el contrastado Tyrone Ellis y el prometedor Miso, así como de Ignerski, un tres alto con diversos recursos ofensivos. Pat Carroll, fichado como especialista desde más allá de la línea de los 6,25, y Cilla, que peleará por ser algo más que un complemento, completan la línea exterior.
En el juego interior, y rompiendo la tónica habitual, el club ha apostado por la experiencia en la ACB de dos internacionales nacionales –De Miguel y Bueno– y de dos europeos, el citado Kakiouzis y Andrew Betts, que es del que se espera más intimidación debajo de los tableros. No son anotadores natos, aunque están obligados a sumar puntos para que el ataque cajista sea equilibrado y no dependa exclusivamente del acierto de los hombres bajos.
Habrán de pasar los meses de competición para calibrar el potencial de este plantel aún no contrastado y la consistencia de un proyecto obligado a no cometer errores previos, que no hicieron sino ir minando la motivación de una afición que, como todas, sólo se reenganchará a su club de baloncesto si éste cumple las expectativas. El hueco que el básket ocupe en Sevilla depende de este Cajasol, que, no en vano, fue su impulsor en las dos últimas décadas.